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26 agosto, 2021

La atención primaria y la respuesta de los ciudadanos: grandes responsables del avance de la vacunación en España

La semana pasada, al tiempo que un estudio publicado en BMJ Global Health anunciaba que era más factible erradicar la COVID-19 que la polio, España era noticia por ser uno los grandes países con mayor porcentaje de su población protegida frente al SARS-CoV-2, por delante de Reino Unido, Estados Unidos, Alemania o Francia.[1] Un hito posible “gracias a la confianza que generan nuestra atención primaria y nuestros profesionales sanitarios, entre otros factores”, según el epidemiólogo Manuel Franco.

Era muy contagiosa y, sobre todo, traicionera; en 95% de los contagiados cursaba como asintomática, pero en los casos más graves el virus se adentraba en la médula espinal y paralizaba las extremidades. La poliomielitis fue la gran epidemia de la posguerra, dejando solo en España más de 12.000 niños con discapacidades y unas 2.000 muertes. En la actualidad sigue siendo uno de los frentes de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y por más que el organismo internacional la tiene fija como un objetivo de erradicación, no consigue acabar con ella a nivel mundial.

España firmó la erradicación de la poliomelitis en 1988, fue un éxito de la Campaña de Vacunación Antipoliomielítica, la primera del territorio y la que daría lugar a la creación de nuestro sistema de cobertura universal. Aquella expedición, que se inició en León el 14 de mayo de 1963 con médicos voluntarios a lomos de mulas, tenía como objetivo proteger a lo largo de la península a todos los niños de tres meses a siete años y fue la responsable de la implantación del sistema que derivó en el calendario actual de vacunación, el cual ha demostrado proporcionar una protección alta frente a las enfermedades inmunoprevenibles.

En opinión del epidemiólogo Manuel Franco, profesor de la Universidad de Alcalá y de la John Hopkins University, en Baltimore, Estados Unidos y uno de los mayores especialistas en Salud Urbana: “España es una sociedad muy solidaria en temas de salud y eso se ha visto reflejado en la campaña de vacunación. Recordemos que somos el primer país del mundo en trasplantes y donación de órganos”.

La semana pasada en España ya había casi 29 millones de personas (61% de la población) que habían recibido la pauta completa de vacunación contra el coronavirus. Y un 72% de la población contaba ya con al menos una dosis. Asturias ha sido la comunidad más veloz, con 70% de sus habitantes ya protegidos. ¿Qué elementos hay detrás de estas estadísticas tan alentadoras?

En España, como en el resto de Europa, las vacunas llegaron tarde, pero nos hemos posicionado entre uno de los grandes países que antes han podido acceder a los fármacos y en mayor cantidad. La centralización de la compra de medicamentos y su distribución ha sido muy eficaz y rápida.

Por otro lado, nuestros centros de salud son muy cercanos y de confianza, además de proactivos. Durante las últimas semanas hemos visto cómo se improvisaban “vacunódromos” por las distintas regiones. La atención primaria y la respuesta de los ciudadanos son grandes responsables de que hayamos avanzado tan rápido en la vacunación.

En cuanto a Asturias, existe una Salud Pública muy desarrollada y colaborativa en su atención primaria, con iniciativas como “autovac”, en la que la vacunación se llevó a cabo en los vehículos propios. Los ciudadanos iban en coche a aparcamientos adaptados donde se les aplicaba la dosis de la vacuna. Esperaban 15 minutos por si había algún efecto y ya se podían ir a casa. Este modelo se crea a partir de la idiosincrasia de la comarca, donde existe mucha población rural y hay que tirar de coche. ¡Es el claro ejemplo de un sistema de salud que se adapta!

En España somos muy favorables a las vacunas. Según una encuesta de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) 83% de la población española confía en la vacunación contra la COVID-19. Otro estudio del Imperial College London señala que España es uno de los países desarrollados donde los ciudadanos más confían en las vacunas.

España es un país muy vacunador, los movimientos antivacunas son minoritarios. Nuestra cobertura vacunal contra el sarampión es más alta que vecinos como Francia e Italia, donde han tenido brotes. Tendemos a ser un poco acríticos en aspectos científicos y esta falta de crítica curiosamente resulta positiva. No estamos todo el día dándole vueltas a los efectos adversos o teorías conspiratorias como pasa en otros lugares. Si en la actualidad existe un grupo más crítico respecto a las vacunas son los jóvenes. ¡Por eso hay que escucharlos con atención!

Son precisamente ellos quienes están protagonizando la última ola por COVID-19.

Y esto se explica porque quisimos recuperar nuestra normalidad muy rápido, exponiéndonos a lugares cerrados sin mascarilla y con la apertura del ocio, una situación que disparó los contagios entre los menores de 30 años. Esta quinta ola, más rápida y de mayor magnitud de lo imaginado, se caracteriza sobre todo por la altísima transmisión entre las personas de 20 a 29 años, con una incidencia de tres veces mayor que en el total de la población.

La respuesta de los jóvenes ha sido rápidamente vacunarse, más de la mitad de los menores de 30 ya tiene al menos una dosis. También son los que más preguntas tienen. He hablado con algunos que ponían en cuestión la composición de las vacunas contra la COVID-19, pero esos mismos ya fueron inyectados contra otras tantas enfermedades y no pusieron pegas. Es normal que pregunten, y nosotros debemos escucharlos y responder, sobre todo teniendo en cuenta el nivel de “infoxicación” que nos rodea.

Algunas comunidades autónomas se están planteando la vacunación obligatoria para ciertos sectores, como los profesionales de la salud. Y algunos países como Francia y Grecia ya han anunciado que aplicarán esta medida. ¿Se debe llevar a cabo la vacunación obligatoria?

Cuando uno ejerce como médico es automáticamente responsable de la salud e integridad de otros. Un sanitario no se dedica a plantar rosas en el jardín, sino que tiene una responsabilidad para con los demás, por lo tanto, una decisión personal en este contexto no tiene validez. La libertad de uno acaba donde se vulneran los derechos de otro, y la decisión de no vacunarse puede poner en peligro la salud de los ciudadanos.

En la medicina existen códigos deontológicos que cumplir, como lavarse las manos para atender un paciente ¿por qué no se va a vacunar si en ello radica la seguridad de una persona? Yo lo tengo muy claro: o el médico acepta ponerse la vacuna o no puede trabajar.

¿Ha sido la pandemia un punto de inflexión en nuestra sociedad?

La situación vivida ha traído muchas consecuencias y muy graves, como aumentar desproporcionadamente la presión asistencial sobre la Atención Primaria. Por no hablar del palo que se ha llevado el personal sanitario que trabajaba con los datos. Lo han pasado muy mal, con mucho estrés, exceso de trabajo, cansancio y miedo… Pronto veremos los efectos de ese desgaste profesional. Se ha forzado mucho la máquina…Además, hemos tenido empresas, laboratorios, que se han aprovechado de las circunstancias para hacer su negocio…

Por otro lado, la pandemia trajo también aspectos positivos, como el trabajo telemático que ha agilizado la rutina sanitaria. Y quiero pensar que el drama vivido va a servir para que se invierta más en ciencia y en salud.

A mediados del mes de junio, la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS), de la que es miembro en la junta directiva y vocal de comunicación, mandó una carta abierta a la ministra de Sanidad en la que se señalaba la necesidad de mejorar la gobernanza de los datos e información sobre la mortalidad.

La gestión de la pandemia ha visibilizado la falta de datos y de análisis rigurosos. Se ha hablado mucho de la importancia de la ciencia, pero ¿qué hay de su inversión?

Las administraciones no cuentan con recursos para que expertos analicen lo que está pasando y pueden dar su opinión a nivel epidemiológico y estadístico, y aconsejen a quienes toman las decisiones. Con la llegada de la COVID-19 lo hemos visto. Desde la SESPAS estamos todo el día abogando para que se destine más dinero a la Sanidad Pública, para investigar…

Necesitamos fortalecer la estructura de nuestro Sistema de Vigilancia Epidemiológica, y para ello se necesita inversión. Creo que ya no puede haber una discusión entre partidos sobre este tema, ha quedado de manifiesto que se necesita asignar más fondos a la ciencia y a la salud.

https://espanol.medscape.com/verarticulo/5907571#vp_1


Créditos: Comité científico Covid

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