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25 marzo, 2022

Los cambios cognitivos y electroencefalográficos posteriores a la COVID-19 persisten hasta por 10 meses

Los pacientes que se recuperan de COVID-19 muestran anomalías cognitivas, de electroencefalografía y de resonancia magnética interrelacionadas 2 meses después del alta hospitalaria, y algunas “alteraciones” persisten hasta 10 meses después, sugiere una nueva investigación.[1]

En una cohorte de pacientes ingresados en el Servicio de Urgencias con diagnóstico de COVID-19, a los que además se les realizó una evaluación neuropsicológica de seguimiento y un electroencefalograma, más de la mitad mostró alteraciones cognitivas que afectaban principalmente a la memoria y la atención a los 2 meses del alta.

A los 10 meses de seguimiento, hubo una mejora significativa del deterioro cognitivo. Sin embargo, algunos déficits cognitivos y alteraciones del estado de ánimo seguían siendo evidentes en poco más de un tercio de los pacientes. Los hallazgos electroencefalográficos mostraron una ralentización de la actividad cortical, que solo mejoró parcialmente en el mes 10.

“Los trastornos cognitivos y psicopatológicos están asociados con la infección por SARS-CoV-2 dentro de los 2 meses posteriores al alta hospitalaria, persisten parcialmente en la fase posterior a la COVID-19 y están asociados con alteraciones electroencefalográficas”, declaró a Medscape Noticias Médicas el autor principal, Dr. Massimo Filippi, profesor titular de neurología en la Università Vita-Salute San Raffaele en Milán, Italia.

“Aún está por determinarse si estas alteraciones están directamente relacionadas con la propia infección o con sus consecuencias, así como si son completamente reversibles o forman parte de un proceso neurodegenerativo”, añadió el Dr. Filippi, quien también es director del Servicio de Neurofisiología y de la Unidad de Investigación en Neuroimagen.

Los hallazgos se publicaron en versión electrónica el 6 de marzo en Journal of Neurology.

Herramienta útil

Los sobrevivientes de COVID-19 informan secuelas neurológicas, incluidos deterioros cognitivos, que se han “descrito ampliamente” en investigaciones realizadas entre 1 y 6 meses después de la recuperación, escribieron los investigadores.

Sin embargo, pocos estudios hasta la fecha han “explorado la participación cognitiva a través de evaluaciones neuropsicológicas estructuradas, con la mayoría observando un seguimiento corto e involucrando solo a unos pocos pacientes”, agregaron.

Después de tener COVID-19, las personas también experimentan una “amplia gama de trastornos psiquiátricos persistentes”, que incluyen depresión, trastorno por estrés postraumático (TEPT) y ansiedad.

Varios estudios de neuroimagen han mostrado cambios neuropatológicos en pacientes con COVID-19. Un estudio anterior de electroencefalograma realizado por el grupo del Dr. Filippi mostró que las alteraciones electroencefalográficas “podrían representar una herramienta útil para evaluar la participación cerebral temprana en COVID-19”, señalaron los investigadores.

En su cohorte se identificó un “predominio anterior de ondas lentas, en correlación con alteraciones metabólicas e hipóxicas”.

Ningún estudio previo ha utilizado el análisis electroencefalográfico después de la resolución de la infección. “Teniendo en cuenta la falta de estudios longitudinales con un seguimiento prolongado y con evaluaciones neuropsicológicas y de electroencefalografías estructuradas, nos propusimos explorar las características electroencefalográficas cognitivas longitudinales y concomitantes” en los sobrevivientes de COVID-19 hasta 10 meses después del alta hospitalaria, escribieron los investigadores.

“La evidencia de quejas neurocognitivas persistentes en una proporción relevante de sobrevivientes de COVID-19 en la evaluación neurológica de seguimiento de 1 mes, junto con la falta de estudios a largo plazo con evaluaciones neuropsicológicas, neurofisiológicas y neurorradiológicas estructuradas, fueron los principales impulsores de nuestro estudio”, puntualizó el Dr. Filippi.

Los investigadores evaluaron a pacientes adultos admitidos en el servicio de urgencias con diagnóstico de COVID-19. Aquellos que informaron quejas cognitivas posteriores se sometieron a una evaluación neuropsicológica y un electroencefalograma de 19 canales dentro de los 2 y 10 meses posteriores al alta hospitalaria (evaluación basal, n = 49; seguimiento, n = 33). Al inicio del estudio, 36 pacientes también se sometieron a una resonancia magnética cerebral. Los pacientes se compararon con controles sanos equiparados.

Los investigadores calcularon las densidades de corriente regionales del electroencefalograma y los valores de conectividad retrasados lineales y midieron los volúmenes de hiperintensidad de la materia blanca y del cerebro (WMH). Evaluaron datos clínicos e instrumentales entre pacientes y controles al inicio del estudio en el grupo de pacientes y en aquellos con/sin disgeusia/hiposmia a lo largo del tiempo.

De todos los participantes, la mayoría (85,7%) fue tratado como paciente hospitalizado, aproximadamente una cuarta parte (26,5%) requirió ventilación mecánica no invasiva y 4,1% requirió intubación orotraqueal. Casi tres cuartas partes (73,5%) experimentó manifestaciones neurológicas, entre las que destacan disgeusia (59,2%) e hiposmia (44,9%).

Aunque los síntomas neurológicos agudos se resolvieron en la mayoría de los pacientes al inicio del estudio, el 26,5% continuó informando astenia.

Seguimiento clínico

Al inicio del estudio, 53% de los pacientes mostró un deterioro en al menos un dominio cognitivo, principalmente funciones ejecutivas. Además, 16%, 6% y 6% de los pacientes mostraron deterioro ejecutivo, de memoria y visoespacial puro, respectivamente.

Una cuarta parte de los participantes mostró un impedimento multidominio, con 23% relacionado, entre otros, con el dominio ejecutivo.

Además, 28% de los pacientes presentó trastornos psicopatológicos, incluidos síntomas depresivos (10%), rasgos de trastorno por estrés postraumático (12%) o ambos (6%).

Los participantes se desempeñaron peor en todos los dominios cognitivos investigados, en comparación con el grupo de controles sanos; y las disfunciones ejecutivas se correlacionaron con dificultad respiratoria de fase aguda.

En el electroencefalograma, los pacientes mostraron una mayor densidad de corriente regional y conectividad en la banda delta, lo que se correlacionó con el rendimiento ejecutivo, en comparación con sus compañeros sanos. Sus resonancias magnéticas también mostraron mayores volúmenes de hiperintensidad de la materia blanca y del cerebro total, frontal derecho y parieto-occipital derecho, en comparación con el grupo de control sano, lo que se correlacionó con déficits de memoria verbal.

Aunque se observó una reducción en el deterioro cognitivo y la conectividad electroencefalográfica de banda delta con el tiempo, los síntomas psicopatológicos persistieron. En particular, los pacientes que habían experimentado disgeusia/hiposmia aguda mostraron una mejoría menor en las pruebas de memoria en comparación con los pacientes que no habían experimentado esos síntomas.

Una banda delta de electroencefalograma más baja al inicio del estudio predijo un peor funcionamiento cognitivo en el seguimiento.

“La vigilancia y seguimientos clínicos son cruciales para evitar que los síntomas empeoren y, cuando los síntomas están presentes, se necesitan entrenamientos de estimulación cognitiva en el hospital o en el hogar a través de la telemedicina o mediante aplicaciones dedicadas”, explicó el Dr. Filippi.

También recomendó ejercicios físicos al aire libre o caminatas largas para “beneficiar la salud física y mental, ya que la recuperación física es importante para el cuerpo, incluido el cerebro”.

¿Efectos confusos?

En un comentario para Medscape Noticias Médicas, la Dra. Jacqueline Becker, neuropsicóloga clínica y profesora asistente de medicina de la Icahn School of Medicine en Mount Sinai, en Nueva York, Estados Unidos, dijo: “El hallazgo de que el deterioro cognitivo, particularmente en el funcionamiento ejecutivo, estuvo presente después de la recuperación de COVID-19 en pacientes hospitalizados es consistente con investigaciones anteriores”, incluido un estudio realizado por el grupo de la Dra. Becker.[2]

Sin embargo, “aunque fue tranquilizador que los autores encontraran mejoras en algunos dominios cognitivos 10 meses después, el estudio no tuvo en cuenta varios factores que pueden confundir estos resultados”, puntualizó la Dra. Becker, que no participó en la investigación actual.

Por ejemplo, los efectos de la práctica de tomar las mismas pruebas neuropsicológicas en un marco de tiempo corto “darían como resultado una mejora natural en las puntuaciones”, dijo.

Dado que el estudio no encontró anomalías en el volumen cerebral en la resonancia magnética, como han demostrado estudios anteriores, “también es posible que el deterioro cognitivo en esta cohorte se deba principalmente a los síntomas psicológicos comórbidos informados y menos a un reflejo del compromiso neurológico de COVID -19”, señaló.

“Sin embargo, es de esperar que el estudio impulse investigaciones longitudinales más amplias sobre las consecuencias cognitivas y neurofisiológicas de la COVID-19”, concluyó la Dra. Becker.

El Dr. Filippi es editor en jefe de Journal of Neurology y editor asociado de Human Brain Mapping, Neurological Sciences and Radiology. Ha recibido compensación por servicios de consultoría o conferencias de Almiral, Alexion, Bayer, Biogen, Celgene, Eli Lilly, Genzyme, Merck-Serono, Novartis, Roche, Sanofi, Takeda y Teva Pharmaceutical Industries; y recibe apoyo para la investigación de Biogen Idec, Merck-Serono, Novartis, Roche, Teva Pharmaceutical Industries, Ministerio de Salud de Italia, Fondazione Italiana Sclerosi Multipla y ARiSLA (Fondazione Italiana di Ricerca per la SLA). La Dra. Becker ha declarado no tener ningún conflicto de interés económico pertinente.

https://espanol.medscape.com/verarticulo/5908734#vp_1


Créditos: Comité científico Covid

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